8 junio de 1987
Deje
la felicidad cuando aún era una niña, en la adolescencia me quede al lado
inmóvil de la vida buscando en la lectura y la escritura alguien que con un
verso me consolara, y de repente la nada se convirtió en mi todo (hasta hice un
ensayo sobre ella cuando tan solo tenía 11 años de edad). El único club de
amigos al que pertenecía eran a los pocos escritores que en los baños del
colegio y en mi habitación a escondidas podía
leer, solo para no sentirme sola, y apenas era feliz. La vida desde entonces ha
sido una sombra errante, así como el túnel solitario de Sábato, la celda de
Caicedo y el paracaídas de Vicente Huidobro. Ahora creo que mi libertad está en
la muerte, como todo aquel humano mediocre que no desea la vida. Me pregunto
entonces ¿Y cuántos años más debo esperar, amor mío?
Con Cariño, Manuela
Zimmerman.

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