13 de agosto de 1987
Anoche tuve un sueño
terrible, parece que la muerte ha llegado hasta allí también, tan real como los
cuentos de fantasía. Ahora, mientras me tomo un café contemplando las calles
frente a mi ventana me ha entrado una intriga que se posiciona justo en mi
garganta y en la ponzoña de mi estómago. Empiezo a escarbar entonces esta
peroratas de emociones infalibles que en resumidas cuentas son epitafios
clementes que nunca llegan, porque ahora tú te encuentras lejos cuando las
montañas de mis senos desean con ganas tus pasos de besos arrolladores e
infalibles sobre mi cuerpo.
Desde que te fuiste,
los días han dejado de ser días, y las noches sin luna y sin estrellas han
dejado de iluminar los valles que con tu mirada hacías brillar,
pareciera que ahora todo lo que habíamos vivido fuese una
historia imaginaria contada por un niño; sé que no demorarás pero tu espera es
mi exilio. La verdad es que me siento infeliz a la sombra de mi habitación
pensando en tu silueta y en una imagen que no logro recrear, aunque tu
loción en las almohadas me hacen recordarte cada vez que estoy bajo
las sabanas. Mi único aliciente es escribirnos, pues es una
forma de recordarnos, de saborearnos a través de las palabras, de sentir
nuestro amor en intervalos de tiempos, ese es el misterio que aguardamos y que
nos hace únicos.
Pronto llegará la
noche, y empiezo a sentirme como una grano de polvo triste, melancólico y
desgraciado. Mi alma se siente enferma cada vez que te apartas de su lado y en
mi rostro se dibuja una expresión de incalculable desconsuelo, dime amor
mío ¿en qué otro sitio puedo estar cuando tú no estás conmigo?
Regresa pronto.
Con cariño, Manuela
Zimmerman.
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