3 de
julio de 1987
¿Sabes una cosa?, me encantan los parques y los bares oscuros
iluminados con velas blancas, y armonizados con música de los 80s. Me encanta
verte y saborear cada una de tus palabras a través de besos y caricias, me
encanta cuando escribes poemas sobre las servilletas dedicados a la Luna
mirando nuestro amor nacer tras la lluvia. Es cierto que se acabaran mis
pesadillas, se ira de mi la andrajosa melancolía, y mi juventud será un ejemplo para la vejez que llega tras de mí, porque
ahora te tengo a ti. Ya no quiero ser una poeta marginal, que se esconde detrás
de la puerta de su habitación para sentarse a llorar cada vez que se asoma la
noche, ya no quiero ser esa mujer sonámbula que ha olvidado que la luz es para
ver lo imposible y que los brazos no son solo brazos sino que también son alas
para volar, ya no quiero ser esa mujer, a la que se le ha olvidado respirar a
través de los sueños y la inspiración de quien cree en los santos y profetas
como Mandela y Gandhi. Como sabrás, y como te lo he pronunciado, nada de esto
es una necesidad, es una casualidad llena de encantos y de momentos
inolvidables, y además aun no estoy preparada para la muerte. Te quiero,
estoy absurdamente enamorada de ti, me lo delata mi cuerpo y mi corazón, pues
cada vez que te veo siento como la piel se me eriza y mi corazón se paraliza
por un instante, mi olfato me indica que estás en camino hacia mí, y te juro,
amor mío, que allí, yo vuelvo a nacer, como lo dice Sabines, “te recuerdo en mi
boca, y en mis manos a cada instante, y en cada segundo de mi existencia”.
Es tarde, y estoy
leyendo tu última carta que no he podido parar de leer por varias horas, y es
que necesito leerte para no sentirme sola. También he salido hoy a comprar
algunos libros, y los he leído con frenesí, sin cansancio y sin fatiga he
pasado desde Pizarnik, luego por Cortázar hasta Bolaños, terminando con
Galeano. Y aquí estoy ahora, escribiéndote de nuevo, e insisto en que deberías
venir estar noche.
Te espero.
Con Cariño, Manuela
Zimmerman.

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