23 de agosto de 1988
Viajo en dos
semanas para Colombia, y aun estoy esperándote de a pocos, el tiempo retrocede
desanimadamente y se diluye sin sombras de sol, quiero empezar a entender que tú
no eres alguien metódico como una condición natural que hace parte de los que
están enamorados, sino que vives la vida dejando pedazos llenos de agujeros en
donde se hunden todos aquellos que alguna vez hemos estado contigo, pero voy a
dejarle esto a los expertos, porque no tengo ganas hoy de decirlo todo, cuando
el amor se ha osificado, en una terminología que es casi esquemática y
restringida. Probablemente de todos nuestros sentimientos solo exista el miedo,
como la única forma que tenemos para comunicarnos en este absurdo infinito, en
el que usamos diferentes métodos para desinhibir todo eso que deseamos hacer,
como el sexo. Todo esto lastimosamente duro muy poco, cuando yo deseaba
construir una vida contigo, pero ahora todo está perdido, créeme que nunca te
olvidare, eres el hombre que quedará tatuado en el centro de mi pecho, y cada vez
que mire al cielo dibujaré con las nubes tu silueta, comenzando por tu boca
entreabierta, tu cuerpo semidesnudo, tus poemas escritos sobre tus labios
carnosos, tus manos delgadas, tu cara, y así mientras te dibujo sentirte
recorrer todo mi cuerpo en un abrazo profundo y directo, para luego esperar
otro día nubloso y volver a comenzar ese instante de muerte que es tan único y
hermoso. Si por lo menos pudiera encontrarte en avenidas de carteles pintados,
la vida sería buena conmigo, y no estaría llena de esta tristeza frente al
destino que te raptó, esa tristeza de ser una mujer desahuciada, desesperanzada
y desdichada que protesta y juzga sin apoyo de alguna ley divina mi existencia
desde la antigüedad de mis días. Si debiera elegir un poeta, te elegiría a ti,
y así partir a una isla desierta donde no me abandones por ser yo quien te ama,
ni me aceptes de una forma mutilada como lo hacen los otros que quieren tener
algo contigo; siento que la desesperación hace que me pierda un poco, y la
soledad en cualquier momento hará estallar mi corazón; los temores se
profundizan y me ahogan extinguiendo la mujer que yace en el camino. Nada me
gustaría más, que saber que estás bien, que aun éxito en alguno de tus
suspiros, que estas triunfando gracias a tu ingenio literario, y que gozas de
ellos tanto como yo lo he hecho; yo por ahora necesito de la distancia para
poder comprender la ausencia vestida de túnel, mientras se alejan los delirios,
y las presencias extrañas, producto del alcohol y las drogas.
Ahora lloro
ahogadamente, porque sé que esta es la última carta que te escribo, sos tan
diferente, que mi vida ahora es una miseria, y no puedo creer que esto esté
sucediendo; quisiera que el amor fuera como la literatura, que dura para
siempre y no te deja en la mitad del camino desnudo y creyendo que la vida
puede ser mejor. Por eso, en dos semanas me voy de este país en el que nada
tengo, me voy sin nada de ti, ni siquiera tus poemas que ya no deseo leerlos
porque siento que todos ellos están marcados con mi nombre, me voy
prematuramente rebelde para intentar volver a iniciar, si es que no muero antes.
Lo único que deseo es aceptar y comprender el sentido de tu abandono, solo
espero que no sea imposible continuar como si tratara de aplacar la realidad
que habita en mi mundo, y que hace que me pare en la orilla del acantilado, con
ganas de abrir mis brazos y dejar que el viento me lleve a algún lugar donde
sentir, no sea tan abrumadoramente difícil. Quiero que sepas que ya no te
necesito, cubriré mi rostro frágil, y feliz me iré a naufragar en el imposible
emblema de la esperanza.
Despidiéndome para siempre, Manuela Zimmerman.

No hay comentarios:
Publicar un comentario