Sara Herranz Illustration
8 de septiembre de 1987
No ha
llegado el correo aún, parece ser que ha habido problemas serios con la llegada
de mercancía a Bogotá, pero por ahora no han habido problemas con la
salida de esta, lo que es supremamente raro, además de eso el gerente de
la empresa ha renunciado, y quien ha tomado el cargo ahora, no ha logrado
organizarse; eso me lo ha dicho Ana, quien es la que siempre me entrega el correo. Lo que me
hace pensar que has estando leyendo mis cartas.
La semana pasada Marcos
por fin acepto algunos escritos míos, le han gustado y me dijo que empezarán a
publicarlos prontamente en el periódico de los martes en la última sección,
estoy ansiosa de ver mi nombre allí. En verdad no tienes idea, de cuánto tiempo
les he dedicado, han sido horas y horas de escritura, y cada uno de mis cuentos
los he pegado en las paredes de mi habitación para seguir la secuencia y así,
mantenerme al tanto con la escritura. Verás cuando regreses que mi apartamento está
hecho un caos, hojas escritas a máquina por todos lados, y libros en el suelo
que no paro de leer y releer. Pero
esto es lo de menos ahora, te enviaré apenas pueda el primer ejemplar
que me llegue del periódico del martes para que lo leas; te lo prometo.
Quiero contarte que las
noches han sido como un torbellino ausente de desolación, y creo haber visto tu
sombra recorrer a pasos lentos los pasillos de mi habitación, percibo tu aroma
en las paredes, en el piso, en los tapetes, en las hojas de mis libros y
revistas, en la comida…y me pregunto, ¿Si esto que siento es culpa del
aislamiento, o si es simplemente una forma que tiene mi alma de desahogarme de
ti? Llevo días sin salir de aquí porque te veo en la calle, en los buses, en
los restaurantes, en todo lugar al que voy, y no soporto esa desdichada
sensación. La soledad es como un puñal que atraviesa mi ser, y no basta
escribirle a la nada, porque tú no estás aquí, tus fotos se han convertido en
una imagen alucinada que mis sentidos no logran entender. Creo que la vida me
está haciendo pedazos, y no sé cómo evitarlo. Esta es la hora que no sé si es
de día o si es de noche, porque mi cuerpo solo te espera a ti.
El poco dinero que
tengo y que me ha dado por adelantado Marcos por mis cuentos, lo he gastado en
libros, que afortunadamente la librería no ha tenido inconveniente de enviarme,
también en alcohol, cigarrillos y un poco de marihuana, solo porque deseo
recordar viejos tiempos, cuando los dos nos sentábamos en algún parque a hablar
con los árboles, y de tu gato
rojo llamado Thomas. Dirás que vivo en los recuerdos, pero yo creo
que todos vivimos de ellos, aunque odio mi pasado, más de lo que odio a mi
propia vida; ayer llego una carta de mi madre, diciendo que mi padre ha
fallecido, me ha enviado dinero para el pasaje (y supongo que también lo ha
hecho con mi hermano), pero en verdad no me importa nada, estoy acostumbrada a
la muerte, y sé que él ahora está mejor sin nosotras. Yo no quiero que te
conmuevas por esto que te estoy contando, ni que me digas que necesito un puto
loquero, pues no hay presente más soportable que una vida sin ellos, conozco la
muerte y no necesito verla en él.
Amor, realmente estoy
ansiosa de saber cómo estas, miro el reloj cada segundo y el teléfono esperando
esa llamada que me diga que han llegado los correos, y que puedo ir a
recogerlos; y es que solo necesito escuchar tu voz cantar en mi cabeza, no
soporto más mis pensamientos, y necesito con urgencia alguien que las acompañe,
no quiero llegar sola a la inanición que trae la existencia del cuerpo humano.
Mi alimento eres tú, mi vida es contigo. Y es que no sé cuánto tiempo más
soportare la ponzoña que trae el destierro de la ausencia.
Esperándote de algún
forma, imposibilitada para llorar cuando la soledad observa.
Con cariño, Manuela Zimmerman.

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